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María Detrans: “La transexualidad se ha romantizado de manera subjetiva y poco realista”

Lee la entrevista aquí: María Detrans: "La transexualidad se ha romantizado de manera subjetiva y poco realista".



Lucía Bonilla, Red LGB.

María Detrans es una mujer de veintisiete años, diez de los cuales los vivió «como hombre», como transexual. Ahora vuelve a aceptarse como mujer y está viviendo un proceso de detransición. Desde Red LGB, hemos querido dar voz a su valioso testimonio, para entender y dar a conocer su vivencia, así como para responder a numerosos interrogantes.

Esta entrevista ha sido realizada vía correo electrónico, por expreso deseo de la entrevistada, la cual prefiere permanecer anónima por el momento.

P: Preséntate. ¿Quién es María Detrans?

R: María Detrans es un seudónimo. Este seudónimo surgió a raíz de la recuperación y apropiación personal de mi nombre de nacimiento, tras haber renegado de él con diecisiete años. También, como una manera anónima de expresar y contar mi vivencia única y personal como mujer con disforia de género que transicionó a hombre transexual y que, tras casi una década, detransiciona y abandona la transexualidad.

P: ¿A qué edad te planteaste transicionar y de dónde te vino esa idea?

R: La edad fue a los diecisiete años, aproximadamente. Di el paso porque padecía disforia de género desde pequeña (se trata de un trastorno que causa angustia o incomodidad en quien lo padece, pues la persona afectada siente que su identidad de género no coincide con su sexo y sufre una incongruencia, a ese respecto; comúnmente siente rechazo por su cuerpo sexuado o características sexuales primarias y secundarias).

Llevaba años cargando con ese malestar sin comprenderlo, estaba desesperada por sentirme bien y dejar de padecer el sufrimiento psicológico que me causaba. Desde que me alcanza la memoria, he tenido el sentimiento o la percepción de que debería haber nacido hombre y no mujer, por sentir incomodidad y el no encajar con ciertos aspectos sociales relacionados con ser niña y mujer. Fue este sentimiento y la disforia, con todo su malestar, lo que me llevó a plantearme la transición.

La idea de transicionar apareció en el momento en el que consulté en internet (hace, al menos, una década) lo siguiente: «Soy mujer, pero siento que debería haber nacido hombre» ―o algo similar―.

Los resultados de esa búsqueda me llevaron a la idea de la transición, ya que dio respuesta a lo que me ocurría. Pude ponerle nombre a mi malestar, disforia de género, y también hallar una cura o solución, la transición y transexualidad. Encontré una razón a mi sentimiento y, según internet, ese sentimiento se debía, precisamente, a que mi identidad sexual o de género no se correspondía a mi sexo morfológico de mujer, sino que era una identidad transgénero de hombre en el cuerpo equivocado.

Esto fue algo que los profesionales confirmaron clínicamente tras unos meses yendo a consulta, donde se evaluó y dio fe de mi discordancia o incongruencia entre mi identidad de género sentida y mi sexo fisiológico. Fui diagnosticada clínicamente con un trastorno de la identidad sexual y/o disforia de género, que dio luz verde a la terapia de afirmación (enfocada en la afirmación de la identidad transgénero a nivel social) y mi transición (enfocada hacia la transexualidad a través de la terapia hormonal cruzada, que en mi caso fue la administración artificial de testosterona).

P: ¿Qué te hubiera gustado saber antes de dar el paso?

R: Me hubiera gustado saber que ni la transición ni la transexualidad me iban a evitar el sufrimiento. Que no iba a darme la felicidad, ni el bienestar que ansiaba. Que no pondría fin a la disforia de género, al rechazo y odio a mi propio cuerpo. Que vivir el resto de mi vida bajo este tratamiento médico iba a hastiarme en el largo plazo. Que ningún profesional me ayudó a ver que mi expectativa respecto a la transexualidad no era del todo realista ni objetiva. Que hay otras alternativas menos invasivas para tratar la disforia de género y los trastornos de identidad sexual (tratamientos de psicoterapia que implican reflexión y autoconocimiento para hallar el origen y los porqués del malestar psicológico y el rechazo al cuerpo sexuado).

Que hay personas que desisten, detransicionan y abandonan la transexualidad porque la transición no resolvió ni hizo desaparecer su malestar. Que los profesionales, en realidad, no sabían lo que estaban haciendo porque era muy nuevo. Que no sabían ayudarme adecuadamente. Que aún era demasiado joven como para ser consciente de lo que implica transicionar y lo que implica la transexualidad en el largo plazo, por muy madura y convencida que me creyera. Que la transexualidad solo reforzaría mi disforia y mis autolimitaciones. Que detrás de esa disforia había un conflicto psicológico debido a los estereotipos de género. Que hay diversas maneras de vivirse como mujer. Que una mujer puede tener gustos masculinos y ser masculina sin dejar de ser mujer. Que mi cuerpo no tenía nada de malo ni necesitaba ser modificado. Que no necesitaba encajar en la idea de feminidad por ser mujer. Que no encajar con la feminidad estaba bien y no implicaba pertenecer al otro sexo. Que el sexo, en realidad, no se puede cambiar. Que las cirugías de cambio de sexo me parecerían inviables y la idea de que mi felicidad dependiera de ellas me causaría ansiedad. Que los cambios de humor, las actitudes autodestructivas y la depresión relacionados con la disforia no desaparecerían en transexualidad.

Me hubiera gustado saber que iba a hallar el desistir de mi malestar y disforia de género comprendiendo el origen y el porqué del sentimiento y/o deseo de “debería haber nacido hombre”, y no en la transición ni en la transexualidad.

P: ¿Cuál pensabas en ese momento que era el motivo de tu transición y cuál piensas que es ahora? ¿Tenías algún referente al que imitabas?

R: Mi motivo para transicionar siempre fue ponerle fin a mi sufrimiento. Aparentemente, solo tenía dos formas de acabar con mi malestar psicológico: por un lado, transicionar; por el otro, el suicidio. Entonces, la única alternativa al suicidio que encontré y que me ofrecieron, fue la transexualidad. Actualmente, sigo pensando que mi motivación para transicionar fue mi salud mental, que ya era muy pobre a los diecisiete años, pues arrastraba desde hacía años padecimientos psicológicos debido a la disforia de género, por ejemplo la depresión.

Sí que me influyó el testimonio de personas que habían iniciado o iniciaban de manera simultánea su transición y la compartían a través de YouTube. Después de mi investigación en internet, llegué a esos testimonios y fueron estos los que me convencieron a la hora de decidir transicionar como solución a mi problema. Resultaron absolutamente esperanzadores para mí, ya no me sentí rara ni sola. La solución a mi sufrimiento estaba ante mí y todo parecía indicar que ese era el camino a seguir. Esas personas prometían estar mejor que nunca y sin disforia, pese a que comenzaban recientemente su transición. Los profesionales también veían la solución en el tratamiento hormonal y las cirugías de aquellas partes del cuerpo que me causaban malestar, y yo confié en ello.

P: ¿Qué te dijeron las personas adultas de tu entorno (tanto familiares como personal sanitario, etc.)?

R: Mis padres confiaron en el diagnóstico y el tratamiento ofrecido por los profesionales, que fue la terapia de afirmación enfocada en la afirmación de la identidad transgénero y la terapia hormonal. No lo cuestionaron, al menos no en voz alta, tampoco el resto de los familiares a los que, posteriormente, se les informó de mi transición. El personal sanitario tampoco dijo nada, aparte de informar de manera protocolaria sobre los efectos primarios y posibles efectos secundarios del tratamiento hormonal.

La única que puso algo de resistencia fue mi madre. A ella le preocupaba mi sufrimiento, aunque no sabía qué hacer. Pese a ello, intentó explicarme que, si mi presunta orientación sexual era de mujer a la que le gustan otras mujeres, eso estaba bien y no implicaba que yo fuera un hombre, y que podía vivir mi sexualidad sin necesidad de modificar mi cuerpo para parecer uno; pero ella ignoraba el trastorno de disforia de género detrás de mi anhelo por transicionar, independiente a mi orientación sexual.

P: Ahora, con la perspectiva de los años transcurridos, ¿qué te hubiera gustado que te hubiesen dicho?

R: En realidad, lo que me hubiera gustado que me hubiesen dicho se remonta a mi infancia. Ya que, aunque transicioné en la adolescencia con dieciocho años, arrastro este conflicto con el género desde que tengo memoria.

No recuerdo un solo día de mi vida en el que ese sentimiento de desear haber nacido niño no surgiera intrusivamente en mi mente y me conflictuara.

No hay un solo día en el que no recuerde haberme sentido conflictuada y fuera de lugar por lo que sentía, también por lo que me atraía. Me atraía el pelo corto, la ropa de niño, la actitud fuerte y valiente, la temeridad, los coches, el azul, detestaba las faldas y el rosa, detestaba las conversaciones y actitudes cursis que yo asociaba solo a las niñas… En fin, no me sentía identificada con todo lo que se asociaba con las niñas y, posteriormente, con las mujeres; al revés, con aquello asociado a los niños y, posteriormente, con los hombres. Yo era una niña más bien masculina, aunque también jugara con muñecas, que reaccionaba con agresividad a mis frustraciones, que deseaba que me dijeran qué fuerte eres y detestaba la sensiblería. Como todo eso se asocia a lo masculino, digamos que yo me sentía menos niña y más niño.

En definitiva, me hubiera gustado que en mi infancia me hubieran explicado que una niña puede ser una niña de infinitas maneras, así como un niño también puede ser niño de infinitas maneras y que eso no hace que estemos en el cuerpo equivocado ni que seamos del sexo opuesto.

Ante preguntas como: «Mamá, ¿por qué no me gustan las faldas como a las otras niñas?», me hubiera gustado que me dijeran «Porque no a todas las niñas les gustan las faldas, igual que no a todos los niños les gusta el fútbol». Me hubiera gustado que me dijeran que las niñas también pueden ser masculinas y los niños femeninos, y que ser niña no implica ser femenina o niño ser masculino. En mi adolescencia, me hubiera gustado que me dijeran lo mismo, aplicado a la mujer y al hombre. Eso me habría hecho reflexionar al respecto, a sentirme menos fuera de lugar como niña y, luego, como mujer. Creo que me habría ayudado a tiempo a aceptarme y a no conflictuarme, a no desarrollar un sentimiento de pertenencia al otro sexo ni un trastorno de disforia de género.

P: ¿Notaste diferencia en el trato que el personal sanitario te brindó cuando querías transicionar y cuando decidiste detransicionar? ¿Crees que el personal sanitario está preparado para enfrentarse a esta oleada de adolescentes que sufren disforia o que desean alterar su físico para que parezca que pertenecen al otro sexo?

R: Personalmente, he notado que, como entonces lo eran las transiciones, ahora las detransiciones son algo nuevo para ellos; pero no he notado un trato diferente por parte del personal sanitario. Aunque con asombro, se ha respetado mi voluntad de abandonar la transexualidad. Personalmente, considero que he hallado profesionales sensibles y comprometidos con mi detransición, afortunadamente. Resulta que no siempre ha sido así en personas que han planteado su detransición a los profesionales en busca de apoyo, según me han comentado. No creo que el personal sanitario esté preparado.

Pienso que [el personal sanitario] está limitado por una ideología y un protocolo basado en la terapia de afirmación de la identidad transgénero, cuyo procedimiento no es el más indicado, en mi opinión, para enfrentarse a tantos casos de disforia de género que cada vez se manifiestan desde más temprana edad.

Soy consciente de que hay profesionales dentro de ese personal sanitario que se toman el protocolo con mucha prudencia y asumiendo un riesgo de cancelación profesional; pero, también, que hay otros que no son nada prudentes. Desgraciadamente, son los menos prudentes los que más abundan.

P: ¿En tu opinión, qué debería saber sobre este tema el personal sanitario?

R: Debería saber que hay mujeres y hombres con disforia de género que transicionaron bajo su seguimiento siendo menores y adolescentes que actualmente están cuestionando la transexualidad y desistiendo de sus identidades transgénero y detransicionando en la vida adulta. También, saber y ser conscientes de que las detransiciones van en aumento.

[Los profesionales de la salud] deberían, cuanto menos, empezar a cuestionarse su protocolo de actuación y atención a las presuntas infancias y adolescencias trans, y comenzar a actuar con la debida precaución. Deberían saber que negar o silenciar o no informar al paciente acerca de la existencia de personas que detransicionan y/o abandonan la transexualidad y desisten de sus identidades transgénero dentro de sus unidades de género es una irresponsabilidad y negligencia médica.

Además, el personal sanitario encargado de estos casos de disforia o incongruencia no debería olvidar que la disforia de género no es una identidad, sino que es un trastorno de la identidad sexual, y que la incongruencia entre el sexo biológico y el sexo sentido tiene, como cualquier otro trastorno psicológico, un origen. En mi opinión, habría que abordar esta situación a través de una psicoterapia enfocada en la reflexión y la deconstrucción del género, no en la afirmación de la identidad transgénero. Así se podrían abordar posibles afecciones y conflictos que llevan a una niña o adolescente a negar su sexo, a desear transicionar y querer modificar partes de su cuerpo.

Con esto no quiero decir que no se deba respetar el deseo de las niñas y adolescentes de expresarse libremente de diversas maneras, sino que no se caiga como primerísima opción en la transición y la transexualidad únicamente porque esta sociedad aún no admite que la niña tenga una expresión masculina y el niño una expresión femenina. Existen motivaciones graves que lleva a menores y, especialmente, a adolescentes, a desear ser del otro sexo y a odiar su cuerpo. Digo que hay que ser prudentes, porque la teoría de que la transición y la transexualidad es infalible para tratar las identidades transgénero y/o la disforia de género en menores y adolescentes es, hoy día, cuestionable.

El personal sanitario debería saber y ser consciente de que debe actuar con precaución porque seguir un estereotipo femenino o masculino o no seguirlo, no determina la identidad sexual y mucho menos en la infancia. Debería saber y ser consciente de que existen actualmente una serie de problemáticas sociales que pueden llevar a una niña o adolescente a querer borrar su sexo o a afirmar que pertenece al otro. Deberían saber y ser conscientes de que una mala orientación de este tipo, puede destrozar vidas y cuerpos irreversiblemente.

P: ¿Qué cosas crees que han cambiado en la sociedad respecto a cuando tú decidiste transicionar?

R: Considero que la sociedad no estaba informada acerca de las transiciones y la transexualidad en adolescentes. Me atrevo a afirmar que la sociedad era ignorante. Antes no existía la visibilidad que existe ahora respecto a la presencia de personas jóvenes transexuales en la sociedad. Pese a ello, sigo pensando que hoy la sociedad sigue sin tener ni idea de lo que supone íntimamente para una persona transicionar y vivir en transexualidad.

Considero que la idea de la transición y la transexualidad se ha romantizado de manera subjetiva y poco realista.

Y se ha politizado a través de una ideología de identidades de género obviando la disforia de género que determinaba el acceso a la terapia hormonal por tratarse de un tratamiento médico a un problema de salud mental más que comprobado. Existe una apertura a aceptar la transición y la transexualidad como una elección de vida e identidad a respetar, sin embargo, la realidad que hay detrás no es tan simple, y la sociedad sigue sin verlo, en gran medida, porque los propios transexuales que se manifiestan invisibilizan esa parte.

Incluso ahora, existe la tendencia a afirmar que se puede ser transgénero y transexual sin padecer disforia de género por el simple hecho de autodeterminar la identidad de género. Esta afirmación se suele basar en un sentimiento que, sin ser sometido a mucho escrutinio, destapa estereotipos como lo que le gusta ponerse o no a esa persona, reduciendo un sexo u otro a una forma de vestir, sentir o de comportarse tipificada y sexista. Por alguna razón, el malestar de la disforia de género que se padece es un tema que interesa visibilizar cada vez menos e incluso, me atrevería a afirmar que, por alguna razón, interesa que sea invisibilizado por completo.

Sin embargo, existe y es problemático para muchas personas de diversas edades, se autodeterminen transgénero o no. Que se intente eliminar la disforia de género como requisito para acceder a la transexualidad (modificación de los caracteres sexuales secundarios mediante hormonación y caracteres sexuales primarios mediante cirugías) y la evaluación de afecciones que puedan afectar a la decisión de la transición aludiendo a la autodeterminación del género, borra esta realidad y ningunea la salud mental y física de las personas y nos priva de un tratamiento psicoterapéutico adecuado a nuestras circunstancias y necesidades personales.

Cuando yo transicioné, la transexualidad era un tratamiento médico para aliviar un malestar psicológico persistente debido a una incongruencia entre el sexo de la persona y su sentimiento o identidad sexual, un tratamiento para aliviar los síntomas de un trastorno de disforia de género que se diagnosticaba y que era requisito para acceder a la hormonación y las modificaciones físicas a través de la cirugía. Hoy día, se invisibiliza ese malestar y se afirma que detrás de la transexualidad hay una identidad inocua cuando, de hecho, lo que solía haber era, en realidad, un trastorno.

Yo me pregunto, a día de hoy, qué sentido tiene la transexualidad, entendida como la hormonación y las cirugías para cambiar el cuerpo, en alguien que no padece disforia de género ni rechazo hacia sus características sexuales primarias ni secundarias. Me lo pregunto, porque, a diferencia de ahora, cuando yo transicioné, la idea de transicionar sin padecer disforia de género era inviable. Hoy, se pretende que el mismo tratamiento al que yo accedí para tratar mi malestar psicológico y trastorno, se de sin requisito alguno, como quien regala un caramelo. Salvando las distancias, pues las consecuencias de un caramelo no son comparables a las consecuencias irreversibles de la hormonación cruzada y las cirugías que pretenden cambiar el sexo.

En mi opinión, socialmente sigue habiendo mucha desinformación y poco interés por mostrar la cruda realidad de las transiciones. Considero que la transexualidad, entendida como el tratamiento médico y quirúrgico que es, no es inocua y, por tanto, no debería tener acceso cualquiera. Si cualquiera tuviera acceso, entonces, estaríamos hablando de cirugía estética por gusto y capricho, no de tratamiento ni de necesidad.

P: ¿Cuándo te empezaste a dar cuenta de que el camino de la transición no era el que deberías haber seguido?

R: Personalmente, tardé casi diez años en reconocer y luego aceptar, que la transición no es el camino que debí haber seguido. Empecé a darme cuenta en el largo plazo, cuando reconocí que seguía sufriendo disforia y malestar.

Me di cuenta cuando reconocí que la transexualidad me incomodaba, pues no había resuelto ni aliviado mi sufrimiento en realidad. En el corto plazo, me mantuve siempre a la expectativa de los cambios que me llevarían al bienestar mental y, en el largo plazo, seguí esperando. Como seguía esperando, deposité mis esperanzas en cirugías de reasignación de sexo que creía necesitar y que, en realidad, me aterraban y ocasionaban ansiedad.

En el largo plazo, seguí detestando mi cuerpo e incluso hubo características de este que no odiaba antes de la transición y que, en transexualidad, me obsesionaron negativamente al relacionarlas con mi cuerpo de mujer, por el que no dejé de sentir rechazo. Algunas de estas características fueron el tamaño de mis pies, manos, cadera, altura, muslos, trasero, estructura ósea en general y mi constitución delgada. Antes de la transición, estas características físicas y genéticas no me incomodaban significativamente y, a ese respecto, en transición, desarrollé un trastorno dismórfico que complicó mi disforia.

P: ¿Cómo fue este proceso para ti y qué lo desencadenó? ¿Pasó mucho tiempo desde que te diste cuenta de que este no era tu camino hasta que comenzaste la detransición?

R: El proceso fue paulatino y lento. También lleno de turbulencias, ya que me resistía mucho a reconocer que la transexualidad me había fallado. Yo lo sabía, pero me negaba a aceptarlo porque era lo que iba a solucionar mi problemática. Yo había construido mi realidad alrededor de una identidad masculina, porque padecer disforia de género y tener aquel sentimiento me convertía en un hombre. Reconocer que la transexualidad no había aliviado mi malestar y que había sumado otras afecciones, suponía aceptar que me había equivocado y que, todo lo que había construido a partir de mi transición dejaba de tener sentido.

Aceptar todo eso era aceptar que mi problema no tenía solución, que seguiría sufriendo toda mi vida, porque la transexualidad era la única alternativa que se supone que tenía para estar en el mundo. Era eso o la muerte, así que, estuve mucho tiempo resignada a la transexualidad. Me negaba a vivir como mujer porque ya había renunciado a serlo, tuve que renunciar para poder transicionar.

Lo que desencadenó el proceso fue sin duda, seguir arrastrando el sufrimiento y cargando con la disforia de género. Llegué a un punto en el que, estaba tan cansada de seguir mal, que volví a conductas autodestructivas que había tenido en la adolescencia antes de la transición. Estuve un tiempo así hasta que empecé a tener nuevamente episodios depresivos y pensamientos suicidas. Entonces, empecé a preocuparme por lo que estaba atravesando. No fue hasta verme al borde del precipicio nuevamente, que decidí afrontar el problema.

En primer lugar, reconocí que no podía seguir odiando mi cuerpo, tuve la urgencia de aceptarlo y para ello, tuve que reconocer que mi sexo es de hembra. Me costó, fue un trabajo personal y mental difícil que tuve que hacer sola. Llevaba años negando y rechazando mi sexo y mi naturaleza biológica. Pero no tenía otra alternativa, me dije: «No quiero seguir sufriendo por esto el resto de mi vida, tengo que hacer el esfuerzo por amarme tal y como soy físicamente, porque no quiero suicidarme».

Poco a poco fui consiguiéndolo, ignoro el tiempo exacto que pasó, pero, al mismo tiempo que trataba de aceptar mi cuerpo y sexo, fui desapegándome de la idea de la masculinidad como identidad sexual o de género. Empecé, a través de la moda, a diferenciar el sexo de las personas del género. Entendí que este último era una idea de masculinidad o feminidad y que, en realidad, era cambiante. Empecé a darme cuenta de que había ropa en la moda que se estaba usando en el sexo femenino que, cuando yo transicioné, solo usaba el sexo masculino y viceversa. Fue una especie de revelación que me hizo reflexionar, cada vez más, acerca de lo que es en realidad el género y, sobre todo, a diferenciarlo del sexo.

Concluí que el sexo es una realidad material, mientras que el género es, sobre todo, un conjunto de estereotipos masculinos o femeninos aplicados a las personas en base a su sexo.

Entendí, en mi reflexión, que los estereotipos femeninos o masculinos no pueden ser ni son una identidad. A partir de ahí, empecé a entender lo que me había pasado desde muy pequeña. Creí que no era mujer sino hombre, por no encajar en los estereotipos asociados a las mujeres y sí en otros asociados a los hombres. Desde que empecé a amar mi cuerpo y a desapegarme de la masculinidad como identidad de género, empecé a aceptar el hecho de que necesitaba detransicionar. Cuanto más aceptaba mi cuerpo y empezaba a verlo con ojos más amorosos, más contrariedad sentía por seguir sometiéndolo a la transexualidad. Eso fue lo más difícil y doloroso, porque suponía el fin de lo que sentí que había sido un espejismo.

Abrí los ojos, por así decirlo, y lo que había construido para mí y creído en base a eso, se me presentó de pronto como una equivocación. Me desperté en una pesadilla que jamás creí posible y me pregunté: «¿Cómo he llegado hasta aquí? ¿Qué voy a hacer ahora?» Literalmente, se te cae el mundo y, personalmente, preferí estar muerta a afrontar una detransición, pero seguí adelante.

P: ¿En quién encontraste y encuentras apoyo y en quién confrontación?

R: Encontré apoyo en mis amigas de toda la vida, que, si bien se sorprendieron y extrañaron, trataron de entenderme y respetarme. También en mis padres, a quienes manifesté, antes de decidir detransicionar, mi inquietud respecto a seguir en transexualidad. Además, encontré apoyo en un psicólogo clínico y en una sexóloga, que me han ayudado a atravesar la detransición, que tiene sus propias complicaciones y desafíos psicológicos, físicos y sociales. Fue una ayuda profesional que creí necesitar y tuve suerte al hallarla relativamente rápido.

La confrontación la hallé en una persona transmasculina con la que me recomendaron hablar a través de un contacto de una organización y colectivo trans. Sin embargo, mi situación, dudas y reflexiones contradijeron su postura ideológica respecto al género y la transexualidad, por lo que no dudó en catalogar mi vivencia y sentir como transfobia interiorizada. Pese a que su falta de empatía pudo vulnerarme, descarté su ayuda al no hallar comprensión.

P: ¿Cómo has realizado el proceso de detransicionar, tanto a nivel físico como relacional?

R: Mi proceso de detransición ha sido, sobre todo, a nivel psicológico y mental. Como ya he comentado, he tenido que hacer un esfuerzo tremendo por aceptar el hecho de que la transexualidad no cumplió con lo prometido, así como deconstruir todo aquello que había creado en base a una identidad transgénero que me llevó a negar mi propio cuerpo y a rechazarlo gravemente, complicando mi vida en todos los sentidos. He tenido que desapegarme de cosas que daba por hecho y por ciertas, para poder replanteármelas y encontrar respuesta a mi experiencia personal como mujer con disforia de género desde que me alcanza la memoria. He hecho el esfuerzo por aceptar y amar mi cuerpo y mi sexo, pese a mi experiencia traumática.

Después de todo ese trabajo y esfuerzo a nivel psicológico, y solo entonces, comencé la detransición médica. Para ello, simplemente, dejé de administrarme la testosterona inyectable e informé de mi decisión a mi endocrino de la unidad de género.

Mi endocrino me informó de que, después de tanto tiempo, casi una década, bajo tratamiento de hormonación cruzada (la cual, entre otras cosas, me produjo amenorrea —cese de la menstruación—), era posible que mi sistema endocrino hubiera quedado atrofiado e inutilizado. Si tal era el caso, me habría quedado estéril y dependiente de medicación de por vida.

Afortunadamente, todo me funciona correctamente y mis análisis hormonales indican una buena recuperación. Poco a poco, he ido naturalizándome y recuperando mis facciones. No obstante, el haber estado en tratamiento de hormonación cruzada con testosterona tanto tiempo, me ha dejado cambios físicos irreversibles. Algunos tienen remedio, como el vello corporal, incluida la barba, que se puede erradicar con tratamiento láser. Otros no, como el engrosamiento de las cuerdas vocales; con el tiempo el tono sube, pero nunca sonará como antes si no se modula, lo cual requiere técnicas de logopedia. Estos cambios físicos pueden ser más o menos irreversibles dependiendo de la edad en la que se empezó el tratamiento. El crecimiento de los huesos esponjosos como la mandíbula o las sienes bajo los efectos de la testosterona es irreversible. También lo es la alopecia.

Pese a todo, yo me he recuperado físicamente bien de la influencia de la testosterona, tanto en lo visiblemente perceptible como en lo que no. Como yo digo, el cuerpo recupera lo que es suyo. No hay comparación con la rapidez con la que vuelves a tu aspecto natural yendo a favor, que con la de alterar lo natural de tu aspecto yendo a la contra. En cuanto a mi detransición relacional, yo informé a mis familiares y conocidos de mi detransición aproximadamente cinco meses después de la detransición médica, esto fue lo menos complejo del proceso, aunque no por ello fácil. Detrancisionar no es fácil de ninguna manera. Hay mucho trabajo personal detrás y muy poca comprensión y ayuda.

P: ¿Hay algún cambio físico del que te arrepientas y/o algún otro del que no?

R: El tema del arrepentimiento es un asunto peliagudo. Por mi bien, he intentado cuidarme de dejarme llevar por el sentimiento de arrepentimiento. Fue uno de los motivos por los que decidí tener acompañamiento psicológico en este proceso de detransición. Sin embargo, sí lamento los cambios físicos; todos, porque entiendo que, de haberme ayudado los profesionales de otra manera, no habría tenido la necesidad de transicionar ni me habría inclinado por la transexualidad.

Antes de confirmar que mi sistema endocrino se había recuperado, me aterraba el seguir dependiendo para toda la vida de hormonas extrañas a mí y el que este hubiera quedado atrofiado e inútil. Me aterraba haberme quedado estéril y me aterraba el no poder recuperar de forma natural mi apariencia física. Me aterraba que mi voz se quedara tan grave y me aterraba no poder costearme la depilación láser para todo el vello masculino que me había salido por la influencia de la testosterona inyectada artificialmente.

En especial, he lamentado, sin duda alguna, el haberme estirpado los pechos cuando tenía diecinueve años.

Pienso en que podrían haber tratado mi disforia mediante terapia psicológica, podrían haberme ayudado a entender que mi cuerpo no tenía nada de malo, ni mi sexo tampoco, ni mis tetas tampoco. Podrían haberme ayudado a reflexionar en el por qué sentía ese rechazo tan grande por mis pechos, podría haber llegado al origen y haber empezado a sanar mi aversión desde ahí. Sin embargo, encontraron que la solución pasaba por mutilarme el cuerpo.

Sí, lo que más lamento haber hecho es haberme mutilado los pechos. Y lamento todos los cambios físicos, porque entiendo que, en realidad, no eran necesarios y, en cualquier caso, no erradicaron mi disforia y rechazo corporal.

P: Tienes una cuenta de instagram (@mariadetrans), gracias a la cual te hemos conocido. ¿En qué momento decidiste abrirla y por qué?

R: Decidí abrirla en el momento en el que, a pesar de que mi entorno aceptaba mi decisión de detransicionar, encontré que eran incapaces de comprender qué me ha pasado y la complejidad detrás del asunto (actualmente he hallado más comprensión). Decidí abrirla porque necesitaba compartir mi vivencia, experiencia y testimonio, necesitaba expresarme y en cierto modo, ser comprendida.

Cuando traté de buscar información acerca de lo que me pasaba y qué podía hacer y cómo proceder, no encontré nada de información en España. Me sentí desamparada y perdida, por lo que, en algún momento, pensé que abrir esta cuenta de Instagram podía beneficiar a alguien como yo que se encontrara en una situación igual o parecida en España.

Pensé que, si alguien que necesitara la misma comprensión daba conmigo, podría hallar lo que buscaba y no sentir ese desamparo. Consideré que, si esto me estaba pasando a mí, probablemente, por estadística, le estaría pasando a alguien más. Y no me equivoqué, así que me alegro de haberlo hecho.

P: Hay personas que afirman que, si alguien detransiciona, es que nunca fue verdaderamente trans. ¿Qué les responderías?

R: Les respondería que, en la teoría, la persona transgénero es aquella que se identifica o tiene una identidad o expresión de género que difiere de aquella que se espera que tenga por su sexo. Entonces, dada la teoría, cualquier persona que, según la sociedad, que es la que establece los estereotipos e imposiciones de género según el sexo de la persona, no encaje con lo que se espera de ella a razón de sus características sexuales, es transgénero. Por esa regla de tres, cualquiera lo es o puede serlo, ya que dudo abiertamente que todo niño y hombre comulgue y cumpla a rajatabla con todos los estereotipos masculinos o que toda niña y mujer comulgue y cumpla a rajatabla con todos los estereotipos femeninos que se espera de ellos y se les impone a través del género a razón de su sexo.

Nadie cumple a rajatabla, porque el género es un imaginario social y no una realidad biológica, independiente al cuerpo sexuado de cada quién. Les diría que no existen cerebros rosas ni cerebros azules y que cualquiera, en su cuerpo sexuado y con sus características sexuales naturalmente manifiestas, puede tener la expresión de género que más le interese y convenga, diga lo que diga la sociedad, sin necesidad de cambiar su sexo ni transicionar ni hormonarse y sin tener que recurrir a una identidad transgénero para poder hacerlo.

En definitiva, por definición, si una persona se ha identificado en algún momento, por lo que sea, con un género u otro, presuntamente contrario al asignado socialmente, o ha tenido una expresión de género que desafía el sistema de género tal y como está establecido, ha sido, por definición de la propia palabra, transgénero. Haya transicionado, no lo haya hecho o haya transicionado, desistido y/o detransicionado. Es decir, teóricamente, cualquiera puede serlo y lo es, o nadie puede serlo ni lo ha sido nunca. Respecto a quien, además, ha sido transexual, por definición, cualquiera que se someta o se haya sometido a tratamientos hormonales o quirúrgicos que alteran o han alterado sus características sexuales para parecer del sexo opuesto, es o ha sido transexual independientemente de si ha desistido y/o abandonado la transexualidad o no.

P: ¿Crees que se respeta y escucha a las personas que detransicionan o se os trata de silenciar e invalidar? ¿Cómo te ha afectado eso a ti personalmente?

R: Que haya personas que afirmen que, si detransicionas, es que no eras trans de verdad, ya responde de por sí a esta pregunta. Claramente, es una afirmación que trata de silenciar e invalidar los testimonios de las personas que detransicionamos y que tenemos, a raíz de una vivencia y experiencia personal, una perspectiva crítica y diferente respecto a las teorías de género que nos llevó a transicionar. Opino y supongo que no se nos escucha ni se nos quiere escuchar, que no interesa, por un conflicto de intereses.

Personalmente, me ha afectado ese silencio, ya que en España hay muy pocas personas detransicionadas que se visibilicen. Cuando traté de encontrar algún referente en este país, encontré poca cosa. Sin embargo, me consta que, solo en mi comunidad autónoma ha habido varios casos de los cuales las unidades de género son conscientes; pero de los que, por alguna razón, no informan. Ignoro si se ha hecho una estadística o no, pero casos hay y el mío es uno de ellos. Pese a ello,

sé que hay unos pocos profesionales que, a riesgo de ser cancelados profesionalmente, tratan de escuchar los testimonios de las personas que detransicionamos y han comenzado a estudiar nuestras circunstancias.

En mi caso, percibir que mis razonamientos pueden ocasionar hostilidad, (razonamientos a los que he llegado por vivencia personal y experiencia como mujer con disforia de género que recurrió a la transición y transexualidad con dieciocho años y que tras casi una década ha detransicionado), ha afectado a mi decisión de exponer mi testimonio.

P: ¿Cómo llevas el camino de reconocerte de nuevo como mujer y aprender a quererte como eres?

R: El camino es largo y lento, pero constructivo. Me reconocí como mujer en el preciso instante en el que entendí lo que había experimentado y por qué, en el preciso instante en el que me desapegué de mi masculinidad como identidad de género. Aprender a quererse y a amarse incondicionalmente tal y como una es no es fácil, creo que todos somos conscientes de eso. En mi caso, ha sido necesaria una deconstrucción profunda, abandonar creencias relacionadas con la identidad, el género y sentimientos arraigados a ese respecto. Requiere de paciencia y mucho trabajo personal, especialmente, cuando lo haces sola.

P: ¿Qué es lo que más difícil te resulta?

R: Lo que más difícil me resulta es perdonarme. Entiendo que me he hecho daño a mí misma al sentir tanto rechazo y odio por mi propio cuerpo por tanto tiempo. Entiendo que me he agredido física y mentalmente debido a ese rechazo.

También comprendo que no recibí una ayuda acorde con mis necesidades reales y que hice lo que pude por encontrar mi lugar en el mundo con la ayuda que se me ofreció entonces. Trato de empatizar conmigo misma, sigo adelante y sigo buscando mi bienestar y paz interior.

P: ¿Sigues sufriendo disforia?

R: Considero que mi disforia ha menguado considerablemente tras comprender el origen de mi sufrimiento y las razones que me llevaron a rechazarme como mujer y desear haber nacido hombre. No puedo decir que ya no la sienta, porque a veces puede surgir silenciosamente e igual de intrusiva que siempre, pero ya no la sufro. Ahora puedo razonar lo que estoy sintiendo y por qué. Eso me permite evitar quedarme aferrada al sentimiento y lo que antes se enquistaba y me hacía sufrir, ahora, simplemente, puedo racionalizarlo y dejarlo ir.

P: ¿Hay algo que te ayude a sobrellevarla y a aceptarte a ti misma cada vez más?

R: Me ayuda a sobrellevar la disforia de género el comprenderla como un trastorno disociativo, fruto de un conflicto psicosocial debido al género y que desarrollé en mi infancia. Reconocer y aceptarlo así, me ayuda a sobrellevar lo vivido y a aceptarme cada vez más. Nada de esto ha sido culpa mía1; necesitaba ayuda y la que se me ofreció por parte de los profesionales de la salud mental no dio buen resultado.

P: Durante el tiempo en el que te presentabas ante la sociedad como un hombre trans, ¿percibiste algún cambio en el trato que recibías respecto a cuando se te percibía como la mujer que eres?

R: Sí, percibí cambios en el trato al ser percibida como hombre y no como mujer. El más notable fue que perdí el interés y la atención masculina indeseada. Dejé de sentir que se me sexualizaba, algo que anteriormente me incomodaba y ponía de mal humor.

P: ¿Entrabas en espacios masculinos y te sentías aceptada y segura en ellos?

R: El único espacio exclusivo masculino al que entraba en general era al baño de hombres y siempre encerrándome en cabina. Si no había cuarto de baño, no tenía la posibilidad de orinar, ya que no se me ocurría entrar en el baño de mujeres por la cuestión de la percepción. Otro espacio únicamente masculino al que llegué a entrar fue en el vestuario de un gimnasio. No me sentí rechazada, ya que ningún hombre me percibió como mujer, pero eso no me hizo sentir segura ya que no podía moverme con libertad dado que, en realidad, yo no era un hombre respecto a mi sexo y el suyo. No podía cambiarme o ducharme con naturalidad. Realmente, me incomodaba la idea de ser detectada. No me sentía cómoda en espacios así, me hacía sentir limitada y un fraude, esto afectaba a mi disforia de género negativamente.

Por último, los corillos solo de hombres me permitieron observar conductas y comentarios cuestionables por parte de esos varones hacia mujeres, comentarios o conductas que no manifestaban delante de sus amigas. Evidentemente, no me sentía cómoda ni uno de ellos; pero, irónicamente, nunca intervine significativamente para que no se cuestionara mi identidad transmasculina.

P: Si pudieras lanzar desde aquí un mensaje a las chicas adolescentes que se plantean la transición, ¿qué les dirías?

R: Les diría que ni la transición ni la transexualidad van a solucionar sus problemas, que no les dará la felicidad ni la satisfacción plena, que creer eso es tener una expectativa surrealista y que no se corresponde con la realidad transexual. Les diría que yo también creía que era el único camino viable para mí, que yo también detesté, en algún momento, haber nacido mujer.

[A las chicas adolescentes que se plantean la transición] les diría que la disforia de género no desaparece y que ni las cirugías ni la hormonación, que son costosas y brutales, las convertirán en hombres; solo en mujeres intervenidas y hormonadas artificialmente de por vida.

Les diría que entiendo que el discurso trans les resulte atractivo y prometedor, más atractivo y prometedor que mi testimonio; y sí, tal vez sea más positivo, pero no más transparente ni reflexivo. Les diría que hay diversas maneras de ser mujer y que no tienen que cumplir con los mandatos de género impuestos por la sociedad en base a su sexo. Que pueden ser mujeres masculinas con gustos asociados a los hombres y no comulgar con las imposiciones femeninas y que eso no significa que no sean mujeres. Les diría que reflexionen acerca de por qué sienten que deberían ser hombres o por qué no se sienten mujeres.

Les diría que encontrarán la paz en la aceptación, el amor propio e incondicional y el autoconocimiento, no en el rechazo al propio cuerpo ni en las identidades de género ni en la modificación corporal.

Les diría que yo también estuve desesperada y que prefería la muerte a seguir viviendo y seguir siendo tratada y percibida como una mujer. Les diría que me encontraba mal y mi salud mental era pobre; les diría que nadie me supo ayudar y que, aunque transicionar me salvó la vida porque nadie me ofreció otra alternativa, eso no significa que fuera lo mejor para mí.

P: Quizá haya madres y padres que lean esta entrevista. ¿Qué mensaje les mandarías? ¿Es posible evitar el desarrollo de la disforia?

R: Les diría que entiendo que quieran lo mejor para sus hijas e hijos, pero que deben anteponer la salud mental y física de sus retoños a sus concepciones adultas. Dicho esto, les diría que encaminar a sus peques hacia la transexualidad a través de terapias de afirmación enfocadas a la transición no es la mejor alternativa para tratar su incongruencia y malestar, aunque algunos profesionales lo recomienden. Les diría que no es necesaria la transición, ni iniciar protocolos de actuación cuando estos pequeños, confundidos por los estereotipos de género y con disforia de género temprana, afirman que son o quieren ser del otro sexo.

[A madres y padres] les diría que lo importante es que ellos mismos y sus hijas e hijos entiendan que el sexo es inmutable y que el género no lo es, que no son lo mismo. El sexo es una realidad material y biológica, mientras que el género es un constructo social que segrega gustos, conductas, actitudes y formas de expresión diseñadas exclusivamente para niños y hombres por un lado o para niñas y mujeres por el otro.

Las diferencias entre los cuerpos sexuados de hembra o macho son una verdad inamovible, mientras que las diferencias de género de mujer o hombre que se dan en sociedad son un invento, un sistema sexista con largo recorrido que varía según la cultura y va mutando con el tiempo según se transforman las sociedades. Les diría a los padres que asociar el sexo al género es lo que conflictúa a sus pequeños más sensibles a los estereotipos asociados a su sexo con los que no se sienten encajar.

Les diría a los padres y madres que ni la feminidad ni la masculinidad son una identidad; les diría que, en mi opinión, las identidades de género no existen igual que no existen los cerebros rosas o azules.

Les diría que, de existir una manera de evitar el desarrollo de la disforia, esta sería centrarse en educar a sus hijos e hijas sin estereotipos de género y sin presionarlos para que el niño sea masculino y la niña femenina como impone aún a día de hoy nuestra sociedad. Que los defiendan si la niña tiene gustos masculinos y el niño gustos femeninos, para que sus pequeños se acepten así y entiendan que ni sus cuerpos ni ellos mismos tienen nada de malo y que no tienen que ser de un sexo determinado para expresarse con libertad. Pienso que todo ello puede ayudar a que no sientan incongruencia debido al género, entre lo que les gusta y su sexo.

Les diría que eduquen a sus hijas e hijos para entender que hay diversas maneras de expresarse y vivirse siendo niño, así como hay diversas maneras de expresarse y vivirse siendo niña, pese a lo que les imponga la sociedad.

P: ¿Cómo crees que es mejor actuar en el caso de que su hija les diga que, según ella, es un chico y quiera transicionar?

R: Creo que en el caso en el que una hija manifieste que quiere transicionar, lo ideal sería conservar la calma y no presionar a la adolescente, ya que manifestar este deseo es claro indicio de un malestar psicosocial que puede estar sufriendo desde hace tiempo. Luego, sería conveniente empatizar con ella, comprendiendo que tiene un problema que quiere solucionar y que, en realidad, está pidiendo ayuda.

Después, recomendaría evitar organizaciones o colectivos trans, ya que, lo más común, es seguir un protocolo de actuación y terapia de afirmación que deriva en la terapia hormonal (transexualidad) y, como ya he expresado, en mi opinión, no es el mejor camino para seguir.

Sería recomendable buscar ayuda psicológica e iniciar psicoterapia con un seguimiento prolongado para hallar y comprender el origen de la disforia que padece la joven, también para deconstruir el género y desmontar la posible idealización de la transición e identidad transgénero que haya podido adquirir por su cuenta.

Lo ideal sería encontrar un profesional que se aleje de las teorías de género y de los protocolos de actuación transgénero. Les diría a los padres que no es tarea fácil hallarlos dada la proliferación de profesionales que defienden la teoría de género; pero que los hay y pueden ayudar a sus hijas.

P: En los últimos años, hemos observado un aumento exponencial de las chicas que se someten a dobles masectomías y solicitan ser tratadas en masculino. Según datos de la American Society of Plastic Surgeons, el aumento más elevado, de un casi 300%, se produjo entre 2016 y 2017; pero estas cifras no han parado de aumentar. ¿A qué crees que se debe este efecto contagio? ¿Piensas que las redes sociales juegan un papel fundamental?

R: Pienso que podría deberse a que, cuando antes una mujer no se sentía a gusto con su cuerpo debido a que se sentía limitada, violentada y sujeta a una serie de expectativas e imposiciones de feminidad únicamente a razón de su sexo, no tenían más remedio que enfrentarse a la sociedad desafiando los estereotipos de género impuestos o aguantarse. Hoy día, y a falta de una intervención menos invasiva para tratar esa disforia e incongruencia de género, resulta relativamente sencillo tener acceso al tratamiento hormonal y quirúrgico sin necesidad de ahondar en las causas de no sentirse a gusto en el propio cuerpo ni con la feminidad, ya que hay toda una teoría de identidad de género aparentemente inamovible.

Imagino que el contagio se debe a que cada vez más niñas sufren inconformidad con el género de la feminidad y sus estereotipos femeninos y hallan en la modificación corporal (en la transexualidad) la vía de escape a todo aquello que, a razón de su sexo, les incomoda, como podría ser la feminidad impuesta o la violencia sexual. Sin duda, las redes sociales juegan un papel importante, ya que dan visibilidad y difusión a las personas que transicionan. Como ya comenté anteriormente, en mi opinión, esta visibilidad se basa en la idealización de la transexualidad como la felicidad y el bienestar absoluto, no en una realidad objetiva de la condición.

P: ¿Qué otros factores influyen y qué podemos hacer las personas adultas para protegerlas del daño a su salud física y mental?

R: Bajo mi punto de vista, influyen los estereotipos de género, la imposición de feminidad en las niñas y adolescentes, la sexualización del cuerpo femenino, la violencia sexual, el rechazo a la mujer masculina y a la mujer no heterosexual… Pienso que, para poder ayudar, las personas adultas deberían empezar por deconstruirse a sí mismas ya que, si no creen en la influencia de los estereotipos de género o la imposición social de la feminidad o en la sexualización de la mujer o la violencia sexual que sufrimos las mujeres solo por serlo, no serán capaces de comprender el conflicto tan grave que atraviesan sus hijas y por ende, poco podrán hacer para ayudarlas.

P: ¿Qué opinas de la nueva ley de autodeterminación del sexo registral (la llamada Ley Trans) que quiere aprobar la ministra Montero?

R: Opino que, si no hay razones para modificar el sexo registral más allá de la autodeterminación, no tiene sentido hacer el cambio. No he comulgado con la autodeterminación del sexo registral, ni cuando vivía en transexualidad ni ahora. A mí no se me hubiera ocurrido hacer el cambio registral si no hubiera transicionado ni vivido en transexualidad durante años, independientemente de mi autopercepción como hombre. Tampoco se me habría ocurrido entrar en espacios reservados al sexo masculino a razón de mi autodeterminación, como

no se me ocurría entrar en espacios reservados al sexo femenino cuando era percibida del sexo masculino. Entiendo que hay que respetar estos espacios, diseñados para ser seguros, especialmente para las mujeres y niñas, por encima de los deseos individuales.

Entiendo y opino que es una ley controvertida por esta y otras razones.

P: ¿Cómo te ves en un futuro?

R: En el futuro me veo reconciliada con mi pasado, mi experiencia vital y circunstancia personal; más fuerte y empoderada. Me veo despojada de la gran carga que me ha supuesto mi conflicto debido al género desde que tengo uso de razón. En el futuro me veo liberada y siguiendo adelante con mi vida.

P: Para esta entrevista, hemos seleccionado la misma imagen que tienes en tu perfil de Instagram: grabado en color de Juana de Arco, por Albert Lynch (1903). ¿Podrías contarnos qué tiene de especial, el motivo por el que la escogiste?

R: Es una pintura que representa a Juana de Arco como la guerrera literal que fue. Una mujer que, pese a su sexo, en una época donde las mujeres no valían nada, desafió a toda una sociedad. Aunque fue atrapada y trágicamente asesinada en la hoguera, supuestamente por bruja, encabezó y dirigió todo un ejército de varones y llevó a su país a hacer historia ganando la guerra contra los ingleses. Su hazaña le otorgó la grandeza que la precede y la injusticia que se cometió con ella la convirtió en mártir.

La elegí porque, como otras grandes mujeres que hicieron historia cuando la mujer no valía nada a ojos de la sociedad, se desenvolvió en un mundo de hombres desmostrando la misma valía como ser humano. La elegí porque he leído por ahí que hay quien dice que era ‘queer’ o ‘transgénero’ e incluso ‘hombre trans’, con lo cual no comulgo porque ¿dónde deja eso a la mujer y la lucha por demostrar su valor en estas sociedades? Era una mujer, le pese a quien le pese. Y borrar su sexo es borrar la lucha de las mujeres a lo largo de la historia. De hecho, si fue quemada viva, fue por ser mujer. Por tener sexo de mujer. Por ser hembra y no varón.

La elegí porque me identifiqué con ella: una mujer que rompió los estereotipos de lo que se suponía que era ser mujer en aquella época. La historia tiene buenos ejemplos, en varios países, de grandes mujeres que hicieron historia cuando la historia pertenecía solo a los varones. El mérito es, en mi opinión, incomparable.

P: Por último, para esta entrevista has solicitado permanecer en el anonimato… ¿A qué se debe?

[Mi anonimato] se debe a que soy consciente de que mi testimonio puede contrariar a personas a las que no les interesa que se visibilice mi experiencia vital y suscitar hostilidades.

La razón se debe a esa posibilidad hostil y a la posible instrumentalización de mi testimonio en discursos con los que no comulgo. Tengo mis razonamientos y mis opiniones acerca de lo que he experimentado y vivido como mujer con disforia de género desde la infancia, transgénero y transexual por casi una década desde los dieciocho años, que ha detransicionado con veintisiete y, hoy, no siento que esta sea una sociedad preparada ni segura para empatizar con lo que he vivido y he decidido compartir. De ahí, mi anonimato.

P: De acuerdo, María. Para terminar, me queda agradecerte la gran valentía y la generosidad por compartir tu testimonio, tus reflexiones y tus vivencias, tanto en tu Instagram como en esta entrevista que nos has concedido. Te deseo lo mejor.

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