• Espacio Feminista Radical

El imperativo de la belleza: una coerción social que daña a las mujeres

Lee el artículo original aquí: Tribuna feminista. El imperativo de la belleza: una coerción social que daña a las mujeres. De Lucía Bonilla, feminista y filóloga.



El imperativo de la belleza es una de las formas mediante las cuales se nos oprime a las mujeres en el seno de las sociedades patriarcales. Este imperativo es una de las herramientas a través de la cual se ejerce un control directo y profundo sobre nosotras: el control sobre nuestros propios cuerpos. Es importante en este punto tener en cuenta lo siguiente: nuestro cuerpo no es algo ajeno a nosotras. No es algo que poseamos como se posee un bien material, sino que nuestro cuerpo somos nosotras mismas. Esto es: somos, también y no solo, nuestro cuerpo. Es por eso que controlar y dominar el cuerpo de las mujeres significa controlar y subyugar a las mujeres mismas. Este dominio corporal sobre nosotras ha ocurrido y ocurre por vía del control histórico —ejercido por parte de los hombres— de nuestra sexualidad, capacidad reproductiva, libertad de movimiento, etc., así como de nuestra apariencia, bajo la premisa de la belleza. Este último punto es el que desarrollaré en este artículo.

En el contexto actual, a la muy extendida visión deshumanizante y cosificadora del cuerpo como algo externo, algo que se tiene, que se posee — y que, por tanto es posible mercantilizar sin remordimiento ético alguno—, se suma la falacia del vivir o del nacer en un cuerpo equivocado. En este artículo, me centraré en el mensaje concreto que inocula en las mujeres la firme creencia de que vivimos en un cuerpo equivocado, de que somos un cuerpo equivocado —y por ello, tal y como razoné anteriormente, la firme convicción de que nosotras mismas somos erróneas—. Esta idea del supuesto cuerpo equivocado se nos inculca en referencia a la morfología de nuestro cuerpo de mujer; respecto a sus funciones específicas, sus formas, su volumen y todo aquello que a su apariencia se refiera.


NO NACEMOS ODIANDO NUESTRO CUERPO… ENTONCES ¿DÓNDE LO APRENDEMOS? Desde nuestro nacimiento, son múltiples las imposiciones sobre nuestra apariencia, gestualidad, modo de movernos en el espacio, entre otras. Estas imposiciones no tienen la finalidad de fomentar nuestra libertad, nuestra autonomía o nuestra autoestima, sino todo lo contrario. Forman parte del género femenino, impuesto sobre el sexo mujer; son un “deber ser” constante que cercena en nosotras el ser que somos y la posibilidad de una trayectoria vital libre y acorde con nuestro bienestar. Tal y como sostiene Naomi Wolf sobre el mito de la belleza, en su obra homónima, esta supuesta belleza «está siempre prescribiendo comportamiento y no apariencia».

De hecho, si analizamos en profundidad la idea de que el cuerpo propio no debería ser como es, la pregunta inmediata e ineludible es ¿comparado con qué cuerpo, con qué estándar? Ahondando en la respuesta, pronto nos daremos cuenta de que es un canon inalcanzable e irreal £­establecido por hombres en detrimento de las mujeres£­, en el que se nos ha condicionado a ver belleza y perfección, desde la perspectiva patriarcal y en el contexto de dicho sistema. Otra perversidad, al hilo de este asunto, es la fuerte unión que en esta sociedad sexista se establece entre la valía personal de las mujeres y su belleza —entendida en términos patriarcales, como se explicó anteriormente—. Esta asociación, a parte de ser de una superficialidad insoportable, es extremadamente nociva para nuestra autoestima como mujeres, lo cual afecta a su vez a nuestra realización personal. Como afirma Gloria Steinem, en su libro Revolución desde dentro. Un libro sobre la autoestima: «la autoestima no lo es todo, es solo que no hay nada sin ella».


BELLEZA… ¿A QUÉ PRECIO? En la mayoría de ocasiones, tratar de alcanzar este ideal implica sufrimiento físico y psicológico: pasar hambre en el caso de las dietas; dolor y deformación de pies junto con el acortamiento del tendón de Aquiles y debilitamiento del suelo pélvico en el caso de los tacones; no ser capaces de mostrar nuestra cara al natural sin sentir vergüenza en el caso del uso de maquillaje, etc. Esto es una pequeña muestra de la virulencia de la socialización en el género femenino y de nuestra asimilación profunda y forzosa del mismo. (...)


Sigue leyendo este artículo en Tribuna feminista

46 vistas0 comentarios

Entradas Recientes

Ver todo